Oficina

13 febrero hasta 24 abril

en Trafalgar 53, Barcelona

Hasta hace poco tiempo, la oficina era un espacio físico dedicado al trabajo; hoy esa concepción casi anacrónica ha mutado y el trabajo ha escapado de ese lugar delimitado para invadir todos los ámbitos de la vida. El trabajo ya no acaba ni empieza en la oficina. Más bien no acaba, ni temporal, ni espacialmente. Se ha convertido en algo omnipresente. La lógica capitalista y la sobreproducción se han acelerado hasta difuminar los límites entre los espacios y momentos de trabajo y los de descanso y ocio. Oficina reúne en Dilalica obras de Daria Irincheeva, María Alcaide y el proyecto Coreografías del trabajo que reflexionan sobre la complejidad de significados que hoy en día supone el concepto de trabajo —a lo que cabe añadir las múltiples capas de significado que propicia un presente pandémico.

Abre la exposición Inbox de Daria Irincheeva. Esta composición de pinturas representa de forma esquemática los campos de texto de un documento, un email o una comunicación en forma de carta. La visualización a gran escala de este documento insinúa el estado psicológico del ‘modo trabajo’ permanente en el que operamos. Irincheeva explora así la semiótica de los entornos cotidianos y desvela que el espacio de trabajo y el espacio de vida son el mismo. En Inbox se utilizan pigmentos crudos, una constatación de que estos materiales constituyen la primera invención humana relativa al color. Seleccionados con precisión, cada uno de los colores de esta obra —ocre, negro y rojo— remiten a su origen en tiempos remotos, en las pinturas rupestres y los usos prehistóricos de color en el arte. Para la artista, se trata de una manera de tomar perspectiva sobre los miles de años de lenta evolución humana en comparación con la breve vida de un individuo. La elección de estos colores traza, así, el camino que va desde la caza en grupo de los hombres primitivos hasta el trabajo en equipo en una oficina contemporánea. A su vez, la obra se propone como una invitación a cuestionar e imaginar posibles alternativas a la trayectoria evolutiva. Inbox expande Continuous Function, proyecto expuesto en el Museo de Arte Moderno de Moscú en 2019.

En bureau désespoir, María Alcaide habla del trabajo mediante la espacialización del mismo a partir de una reconfiguración de la imagen de la oficina. Dividida en cubículos y sin referencias a un espacio exterior, la típica arquitectura de la oficina se convierte en el lugar por donde fluyen cadenas ingentes de información que aceleran las transacciones económicas virtuales. Alcaide parte de la idea de que el hecho artístico sucede en todas partes. En este sentido, la falta de horizontes, de perspectivas estables y la complejidad del sistema capitalista hacen que el trabajo artístico parezca desaparecer y al mismo tiempo volverse omnipresente. A partir de estas premisas, bureau désespoir propone una suerte de escenografía mediante una serie de productos —una cortina, una alfombra, un maletín, un ambientador, el libro La aldea global de Marshall McLuhan, así como una publicación en formato periódico creada para la ocasión— que remiten con cierta ironía al imaginario de una oficina. Los distintos objetos, referenciados en la sección “¿Cómo decorar una oficina?” de la publicación, no son tan relevantes por su formalización o por su valor como objeto artístico, sino por el capital simbólico e ideológico que acumulan. Así mismo, se incluye también My job is about seduction, una serie de cinco copias intervenidas de un test incluido en el libro Cómo ser elegido en una selección de personal de Cecilio Benito Alas. En cada una de ellas —tituladas Paula, Luis, Filippo, Alicia y Constanze—, Alcaide responde a las preguntas del mismo simulando ser cada uno de los cinco jefes que tuvo en los últimos años.

Por último, Coreografías del trabajo se compone de una serie de dibujos realizados por un brazo robótico que traduce las composiciones creadas mediante una herramienta de programación. La herramienta, alojada en una página web, recopila los gestos que realizan las personas al trabajar delante de un ordenador. En un momento en el que el trabajo se reduce, para muchos, a un cúmulo de gestos sutiles realizados ante un ordenador, el cuerpo se convierte en una interfaz, y la repetición de tareas y pequeños movimientos generan una coreografía específica. A la vez, Coreografías del trabajo propone abrir un debate sobre cómo las tecnologías que usamos para trabajar nos utilizan a nosotros para registrar datos e información que alimentan otros círculos de producción de los que, a menudo, ni siquiera somos conscientes.