Interferencias

Del 15 de septiembre al 30 de octubre

en Trafalgar 53, Barcelona

Interferencias indaga en la generación de sistemas y ecosistemas mediante lenguajes propios y de codificación. La exposición, que surge del interés por el diálogo entre arte e ingeniería, toma como tema central la cibernética, entendida como el estudio de sistemas en los que existe una relación causa-efecto. Las tres obras inéditas que forman parte de la exposición están basadas en lógicas que internamente responden a su propia racionalidad, pero que desde fuera —vistas por la audiencia en un espacio físico— se traducen en una ambigüedad de gestos y acciones. Es precisamente esta tensión entre la lógica sistemática y la percepción lo que está en juego en esta exposición, que desdibuja las líneas entre lo humano, lo orgánico y lo tecnológico.

Echo es una escultura de código abierto, resultado de la colaboración entre Lúa Coderch, Julia Múgica, Lluís Nacenta e Iván Paz. Tomando como referencia el mito de la ninfa Eco, la escultura solo conoce y solo puede usar las palabras que ha oído previamente. Echo escucha, responde y ensaya formas de combinar las palabras aprendidas. Así, la escultura depende de lo que los otros le quieran decir para enriquecer su vocabulario, desarrollar su lenguaje y articular pensamientos cada vez más complejos. Como en el mito, Echo es un cuerpo desposeído de sentido, o que solo tiene sentido por casualidad. A pesar de esto, acaba encontrando una forma de hablar, en gran medida apoyándose en la capacidad del que escucha de entender más allá y dotar aquello que escucha de mayor profundidad.

En Un bosque sintético dentro de una piedra, Serafín Álvarez presenta una escultura que contiene un pequeño mundo digital. Partiendo del imaginario de los videojuegos, el artista incorpora la observación de criaturas marinas, fotografías microscópicas e ilustraciones científicas para generar un ecosistema formado por diferentes especies de microorganismos alienígenas. Un paisaje virtual en el que estos ‘seres’ se comportan de forma autónoma, interactúan entre ellos y experimentan diversos procesos biológicos a tiempo real. Según el artista, esta es una simulación especulativa que imagina posibles formas de vida más allá de nuestro planeta, quizás también más allá de nuestro tiempo, inspirada por nociones de astrobiología, astrogeología, vida artificial y biología sintética.

En la serie Redundancy, Karlos Gil trabaja con fragmentos de neón recuperados de antiguos letreros publicitarios. Restos arqueológicos de una tecnología en peligro de extinción que han perdido su significado original para adquirir uno nuevo. A partir de la reflexión en torno a la memoria o la biografía de estos objetos reciclados, el artista establece analogías en torno a lo orgánico, abordando la presencia del paso del tiempo en aquello que generamos los humanos. En esta ocasión, las formas tipográficas de las piezas —que remiten a una especie de jeroglífico o caligrafía alienígena— parecen esconder un mensaje encriptado. A esto se suma la intermitencia de una serie de mensajes en código morse con los que los neones se activan e intentan establecer comunicación, moviéndose en la delgada línea entre lo que tiene sentido y lo que no.